lunes, 27 de julio de 2009

Niebla del riachuelo - Bebo&Cigala



Si tuviera que salvar tres estilos de música serían el tango, el bolero y la música clásica. Con ellos basta para saber qué es la vida, qué es la muerte, qué es el amor y el desamor. Las partituras hablan con claridad, sin complejos y nos devuelven a la nostalgia, al polvo de un tocador o al baile mustio que se pierde en un laberinto. Sus notas me devuelven el soplo de algún amor que fracasó hace algún siglo, me trae angustias, golpes de rabia, pasos adelante, miedos. La voz quebradiza de esos hombres con barba y voz rota por el tabaco que retumban en la mente de todos. Nos llevan a las callejuelas donde ensayan los cantautores, a las tabernas que pueblas las almas sin cuerpo donde agarrarse, a los abanicos rotos por un gesto travieso.

A mi los tangos me recuerdan a mi abuela. Los escuchaba cerrando los ojos, bailándolos con las cejas, relajando los labios, apoyando la tez blanquecina en las uñas perfiladas por el paso del tiempo. Los boleros me hacen imaginar a mi abuelo paseando por su juventud. Logro solo con cerrar los ojos oír su voz temblorosa entonando alguna estrofa de amor, de vida, de pena. Y me muero de ganas de abrazarlo contra mi y mecerlo en un sencillo baile. Sus llagas me duelen, y me sangran cuando lloro. Pero me consuela su fuerza y su firmeza, su consejo, su voz acompañada por una mano con pocos pelos llevándome por el hombro hacia un lado y hacia el otro. Una risa satírica, un dedo apuntando a todo el que se ríe a su vera, me traen de nuevo una sonrisa de amor. La música clásica me trae inmediatamente a mi padre. Impoluto. Perfecto. Reconstituye en mi ser todo lo que su marcha hace caer. Cinco. Cinco canciones me bastan para conocerlo todo. Él lo sabía, y cuando estábamos en el hospital me hacía sacar el ordenador, y me daba órdenes firmes. Dudaba en algún título, pero al final con cuatro referencias compartidas acabábamos por encontrar la correcta. Abría los ojos rápido y con la oreja atenta, dibujaba una media sonrisa. Miraba al techo, y sin querer alguna lágrima escapaba de sus ojos. Yo con él, sentía impotencia, rabia, pero enseguida los dos recuperábamos la esperanza. Le cogía fuerte la mano, se la besaba, y ante su mirada sorprendida, me disponía a buscar otra que nos llevara juntos a sentir cosas inmensas. Hacíamos broma, imaginábamos situaciones y con un hostia puta en voz baja se admiraba de la belleza de según qué composiciones. La música clásica lo despidió, y lo llevó a la eternidad, la eternidad de nuestro recuerdo. Nuestras lágrimas no lo olvidan. Pronto, confío, se convertirán en sonrisas que nos harán vivir de nuevo con él.

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