sábado, 13 de octubre de 2007

Desvarío I

A Mariana siempre le habían gustado los pelos, pero ya hacía tiempo que se había dado cuenta de que lo suyo no era un gusto sino una enfermedad obsesiva. Desde bien pequeña había empezado a trenzar el pelo de sus compañeras de clase, a la hora del recreo; incluso de adolescente, montó una peluquería clandestina en el lavabo de su casa a la que asistía medio barrio y con la que además se sacaba unos dineros para sus caprichos. A Mariana no le gustaba repetir nunca el mismo estilo, así que cada semana cambiaba de peinado y de color. A medida que fue creciendo, Mariana se convirtió en la mujer del barrio con más conocimientos cuanto a fibras capilares, combinados cromáticos que añadir al cabello o cualquier tipo de anomalía o patología que a éste se refiera. Todas las vecinas le consultaban por los mejores cuidados del mercado, le llevaban a sus hijos rapados con la cabeza llena de piojos e incluso dejaban que fuera ésta quien tomara la última y sagrada decisión sobre el corte, teñido, champú y peinado que mejor les vendría. Mariana no podía vivir tranquila, ni siquiera cuando salía a pasear por tal de evadirse del acoso del vecindario, pues en todas las calles divisaba a alguna chica con las puntas abiertas, a algún trentañero plagado de canes con implante de pelo urgente y a un montón de abuelas que parecían haberse puesto de acuerdo para acabar con el negocio de las peluquerías, insistiendo en autocortarse, autotintarse y autotratarse con todo tipo de potingues, su melena. Mariana había visitado miles de especialistas, con prestigio internacional en el campo de la psiquiatría, en busca de una solución, pero ninguno de los licenciados había dado con ella. Ella pensó que quizás que fuera calva de nacimiento podría tener algo que ver, por eso de la envidia. De todas maneras, Mariana se gastaba cada mes medio sueldo en la compra de pelucas, por eso del cambio de estilo continuo. Mariana no entendía y nunca llegaría a entender, porque en vez de peloadicta, no era pelofóbica, cosa que nunca, nadie, pudo averiguar.

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